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CENTRO LATINOAMERICANO DE APRENDIZAJE Y SERVICIO SOLIDARIO

SOLIDARIDAD

De cascadas, buzos y sabios, o la solidaridad como pedagogía

         Cuenta la leyenda que en un país muy lejano, un hombre bueno vio al pie de una cascada a un joven ahogándose en un remolino.

         Con gran esfuerzo, el buen hombre logró sacarlo del agua, y llamó a un vecino para que lo ayudara a revivirlo. Cuando estaban en eso, vieron a otro chico cayendo por la cascada. Mientras intentaban salvar al segundo ahogado, vieron que caía un tercero. Horas después, un gentío bien intencionado se esforzaba por rescatar a los que caían, uno tras otro.

         Algunos meses más tarde, los vecinos ya habían fundado la Asociación del Ayuda al Ahogado, y con grandes sacrificios habían reunido fondos para contratar a un batallón de buzos, que iba sacando del agua a los niños y jóvenes que seguían cayendo.

         Llegó a la comarca un hombre sabio y preguntó: “¿no sería bueno subir a lo alto de la cascada y averiguar por qué se cae tanta gente?”. Los esforzados vecinos le contestaron, con no poca impaciencia: “¿no ves lo ocupados que estamos salvando vidas? ¡No tenemos tiempo ni plata para andar paseando!”.

         El sabio fue subiendo al cerro en sentido contrario a la corriente, y descubrió en la cima una aldea muy pobre, con una sola escuela. Y, enfrente de la escuela, un gran baldío fangoso y sin barandas junto a la surgiente de la cascada por la que iban cayendo los niños...

         Hay distintas versiones sobre el final de esta leyenda: hay quienes dicen que el sabio organizó a los alumnos de la escuela para que construyeran una baranda, y sembraran césped y una huerta en su baldío. Otros dicen que pasó el resto de su vida tratando de obtener algo de fondos del Tesorero Real para pavimentar frente a la escuela, pero éste estaba demasiado ocupado cubriendo las deudas de la Corte, y el único subsidio que tenía disponible era para los buzos de la Asociación de Ayuda al Ahogado.

La leyenda de la cascada probablemente evoque en los lectores debates que no son de un país lejano.
En la Argentina de hoy, y en toda Latinoamérica, muchas buenas personas están preocupadas por la delincuencia juvenil y la inseguridad en las calles, y demandan que más y más batallones de “buzos” se encarguen de sacar del medio a los chicos que ya cayeron en la violencia, la droga o la prostitución.
Escuadrones de médicos, asistentes sociales y terapeutas acudirán a sanar a los niños y  adolescentes que caigan por las cascadas del hambre, el alcoholismo, la bulimia o la anorexia. Sesudos expertos tratarán de explicarnos por qué en países ricos en alimentos los niños no aprenden porque llegaron desnutridos a la escuela, y miríadas de sociólogos intentarán explicar por qué adolescentes de “buenas familias”  terminan sus fiestas de fin de curso en el hospital y/o la comisaría.
No es nuestro propósito objetar las propuestas que apuntan al mejoramiento del sistema penal, judicial o penitenciario, ni desconocer la ineludible necesidad de atender las situaciones límite una vez que se han desencadenado.
Simplemente, nos parece que ha llegado la hora de prestar más atención a lo que se puede hacer “en lo alto de la cascada”.

CLAYSS nació al servicio de docentes y escuelas que, como el sabio de la leyenda, han ido contra la corriente. En lo alto del monte no han encontrado sólo niños y jóvenes en riesgo de ahogarse en la cascada de la pobreza. La apatía, la falta de interés por una escuela alejada de la realidad, la carencia de modelos adultos que propongan valores creíbles, el exceso de espejos virtuales y la ausencia de afectos reales, son otras tantas “cascadas” por las que también caen niños y adolescentes cuyas necesidades materiales están satisfechas.
El denominador común de las experiencias de estos “sabios” es simple hasta la paradoja: dejaron de predicar los valores de la solidaridad y la participación ciudadana exclusivamente con discursos y análisis de textos. Les dieron a sus alumnos la oportunidad de poner en práctica esos valores, de aplicar lo aprendido en la escuela en su propia comunidad, o al servicio de otras comunidades, y como resultado creció la autoestima de los estudiantes, mejoraron los rendimientos escolares y bajaron los niveles de conflicto.
Los directivos y docentes que en nuestro continente protagonizan diariamente los proyectos de aprendizaje-servicio saben que su misión primera es el garantizar el aprendizaje de los saberes básicos y formalizados que sólo la escuela puede ofrecer, pero saben también que ya no basta con enseñar teorías ni conceptos racionales. Han experimentado que el mejor aprendizaje es el que se realiza en la práctica, y que los proyectos de aprendizaje-servicio ayudan a la escuela a recuperar su misión primera de enseñar, porque los chicos aprenden más y mejor en un aula que abarca a su comunidad.
Sabemos que la escuela tradicional ya no resulta suficiente para contener a chicos que viven en situaciones extremas, pero también que los problemas no se solucionan convirtiendo a los docentes en repartidores de leche, o psicoterapeutas amateurs.
Por eso, en las escuelas solidarias, el protagonismo no es el del “docente-asistente-social”, ni el del “buen-maestro-que-hace-de-todo-por-sus-alumnos”, por más encomiable que sea la labor de esos héroes anónimos que hacen un poco menos dura la vida de tantos chicos de nuestros países.
Los verdaderos protagonistas del aprendizaje-servicio son los propios estudiantes.
Nadie que haya visto el entusiasmo contagioso, la creatividad y la seriedad para el estudio y el trabajo que en los más diversos rincones del continente son capaces de desplegar los alumnos de las “escuelas solidarias” podrá creer que tengamos que resignarnos a los detectores de metales y la custodia policial como parte del paisaje escolar.
La generación de estudiantes que pueblan las escuelas y Universidades latinoamericanas en este inicio del Tercer Milenio tiene mucho que ofrecer. No escuchan de buena gana los discursos, pero los atraen los hechos. Valoran la democracia y la solidaridad más que muchas de las generaciones que los precedieron. Y tienen derecho a que sus mayores les ofrezcan cauces de acción, para que sus energías no se desperdicien en la frivolidad y la desesperanza. Tienen derecho a ser una esperanza para el presente, y no sólo la tan mentada promesa para el futuro.

La solidaridad puede ser para esta generación mucho más que una buena intención. Puede ser la pedagogía más eficaz para ayudarlos a crecer, y para que nos ayuden a hacer una patria grande mejor para todos.

En: TAPIA, María Nieves. La solidaridad como pedagogía. Buenos Aires, Ciudad Nueva, 2000.

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